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Castilla y León se gastó 24 millones de euros en venenos para frenar la plaga, pero la muerte de estos roedores fue igual de fulminante en las áreas en las que no se empleó y sí provocaron, en cambio, un grave daño al resto de las especies.

 

Javier Viñuela, biólogo del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC) del CSIC es uno de los autores del artículo científico que se va a publicar en "Aviar Disease", en el que se concluye que "los topillos desaparecen igual de bien de zonas en las que se trata con veneno como de zonas sin tratar, y la brusca desaparición es un fenómeno natural".

 

La Junta de Castilla y León dio oficialmente por finalizada la plaga hace una semana, atribuyendo el éxito de manera absoluta a la aplicación de los venenos, en los que se ha gastado 24 millones de euros, pero "solo el 50% de los cadáveres de los topillos tenía el tóxico", asegura Viñuela. Es decir, "había en el campo un agente de mortalidad natural tan importante como un tratamiento salvaje con rodenticida".

 

Sin embargo, los compuestos empleados, clorofacinona y bromadiolona, se han revelado como bombas letales para el resto de animales. Laboratorios de Murcia, León y Ciudad Real encontraron preocupantes porcentajes de animales muertos por el tóxico, distintos tipos de aves y, en particular, liebres, porque también comen grano. El trabajo realizado por Pedro Olea, de la Universidad de Léon, revela, además, otro dato inquietante: en los trampeos realizados durante la primera oleada de veneno hallaron ocho comadrejas vivas, uno de los mamíferos más comunes en el campo. En la segunda tanda, ya en verano de 2008, ni uno solo de estos mustélidos dio señales de vida, lo que "deja al campo sin defensas naturales ante un futuro rebrote de la plaga de topillos".

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