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Mucha gente insatisfecha con la política piensa que todos los políticos son iguales y que, por lo tanto, no se puede esperar gran cosa de la política. Sin embargo, esa idea, aparentemente inconformista, es profundamente conformista. Pues pensar que todos los políticos son iguales beneficia a los que sí son iguales. Y les beneficia porque convence a una parte de sus críticos de que no hay nada que hacer y, por lo tanto, lo mejor es quedarse en casa y no votar.

Cuando uno afirma que todos los políticos son iguales está afirmando implícitamente que los no iguales no existen. Es decir, está optando por la resignación política y proclamando que las cosas, además de ser como son, también serán como son. Es una actitud profundamente conservadora y nada crítica. La idea de que los políticos siempre son una casta distante y con intereses contrapuestos a los de la ciudadanía ayuda a que los políticos acaben siendo así. Si se entiende que el oportunismo, las agendas ocultas y los intereses inconfesables son inherentes a la política, entonces iremos dejando fuera de la política todo lo que sea socialmente valioso, todo lo que implique compromiso leal y sincero con el interés público. Estaremos concibiendo y aceptando la política como espacio incorregiblemente autoritario. La idea de que todos los políticos son iguales es profundamente irresponsable: si hoy disfrutamos de ciertos derechos laborales, de conquistas sociales como la sanidad pública o el sistema público de pensiones, ello es debido a las luchas de quienes sabían que no todos los políticos son iguales. Las organizaciones políticas, sindicales y sociales de la época de la Transición nos han legado unos derechos y una calidad de vida que, obviamente son mejorables, pero no se han producido por generación espontánea.

Creo que lo que nos hace merecedores de los derechos actuales es nuestro compromiso por mantenerlos, mejorarlos y extenderlos a quienes no los disfrutan. Sin embargo, hoy estamos viviendo un retroceso en nuestros derechos laborales, en las conquistas sociales materializadas en las pensiones públicas, en la privatización del patrimonio público, en la consolidación de la injusticia fiscal, en el reforzamiento del poder financiero y el de la minoría adinerada y en un grave deterioro democrático. Quienes hemos recibido de nuestros predecesores mejores derechos y calidad de vida que ellos, debiéramos ser capaces de legar a nuestros hijos, al menos, lo mismo que hemos recibido. Sin embargo, la realidad muestra lo contrario: vamos a legar a nuestros descendientes peores condiciones de vida que las nuestras.

Pues bien, esto no es aceptable. Tenemos la responsabilidad de velar por nuestros derechos y por la mejora de las condiciones de vida. Debemos entender que formamos parte de una extensa y compleja red de interacciones sociales, que nos ha aportado mucho de lo que somos y a la que debemos aportar nuestro compromiso por la mejora social. Lo que caracteriza a un pueblo es la conciencia de los individuos que lo integran de sus responsabilidades mutuas. Si no es así, en vez de pueblo habrá muchedumbre: individuos junto a otros individuos, sin conciencia de sus mutuas responsabilidades. Sabiendo que el reino de la perfección no es de este mundo debemos implicarnos en la política. En la política de los que no somos iguales, de quienes no somos testaferros del poder del dinero, sino peatones de la historia empeñados en que el Sol brille para todo el mundo. Hoy la política es cada vez más y más necesaria. Tenemos que conquistar derechos laborales, justicia fiscal, políticas de sostenibilidad y democratización, revertir pensionazos y privatizaciones, mejorar la sanidad y la educación públicas. Afirmar que todos los políticos son iguales es dar la espalda a estos objetivos necesarios y ello conlleva la entrega de nuestros recursos comunes a la minoría adinerada que se sirve de los políticos que sí son iguales.

Quienes afirman que todos los políticos son iguales niegan la política y hacen evocar aquello que decía un activista antiapartheid de que el mayor arma de los opresores es el cerebro de los oprimidos

Ramón Trujillo, coordinador de Izquierda Unida en Tenerife.

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